(El tiempo entre costuras, María Dueñas)
viernes, 21 de diciembre de 2012
Para él...
"Para él me vestí y me perfumé, para que me viera, para que me oliera, para que volviera a rozarme y se volcara en mis ojos otra vez. Para el decidí dejarme el pelo suelto, la melena lustrosa a media espalda. Para él estreché mi cintura apretando con fuerza el cinturón sobre la falda hasta no poder respirar. Para él: todo solo para él"
martes, 18 de diciembre de 2012
Quiéreme. Daniel Orviz.
Quiéreme.
Manifiéstate de súbito.
Choquémonos como por arte mágico
en el Bukowski, un miércoles.
Pidámonos disculpas. Sonriámonos.
Intentemos tirar el muro gélido
diciéndonos las cuatro cosas típicas.
Caigámonos simpáticos.
Preguntémonos cosas.
Invitémonos a bebidas alcohólicas.
Dejémonos llevar más lejos. Déjame
que despliegue mi táctica.
Escúchame decir cosas estúpidas
y ríete. Sonríeme. Sorprendete
valorándome como oferta sólida.
Y a partir de ahí, quiéreme.
Sin rúbica, pero por pacto táctico
acepta ser mi víctima.
Manifiéstate de súbito.
Choquémonos como por arte mágico
en el Bukowski, un miércoles.
Pidámonos disculpas. Sonriámonos.
Intentemos tirar el muro gélido
diciéndonos las cuatro cosas típicas.
Caigámonos simpáticos.
Preguntémonos cosas.
Invitémonos a bebidas alcohólicas.
Dejémonos llevar más lejos. Déjame
que despliegue mi táctica.
Escúchame decir cosas estúpidas
y ríete. Sonríeme. Sorprendete
valorándome como oferta sólida.
Y a partir de ahí, quiéreme.
Sin rúbica, pero por pacto táctico
acepta ser mi víctima.
Déjame que te lleve hacia la atmósfera,
acompáñame a mi triste habitáculo.
Sentémonos, mirémonos,
relajémonos y pongamos música.
De pronto, abalancémonos.
Besémonos con hambre, acariciémonos,
desnudémonos rápido
y volvámonos locos. Devorémonos
como bestias indómitas. Mostrémonos
solícitos en cada prelegómeno.
Derritámonos en brazos cálidos.
Convirtámonos en húmedos océanos.
Ábrete a mí, abandónate y enséñame
el sabor de tus líquidos.
Mordámonos, toquémonos, gritémonos,
permitámonos que todo sea válido
y sin parar, follémonos.
Follémonos hasta quedar afónicos.
Follémonos hasta quedar escuálidos.
Durmámonos después, así,
abrazándonos.
Y al otro día, quiéreme.
Despidámonos rígidos, y márchate
de regreso a tus límites,
satisfecha del paréntesis lúbrico
pero considerándolo algo efímero
sin segundo capítulo.
Deja pasar el tiempo, más sorpréndete
recordándome en flashes esporádicos
y sintiendo al hacerlo un sicalíptico
látigo por tu gónadas.
Descúbrete a menudo preguntándote
qué será de este crápula.
Y un día, sin siquiera proponértelo
rescata de tus dígitos mi número.
Llámame por teléfono
y alégrate de oírme. Retransmíteme,
ponme al día de cómo can tus crónicas
y escucha como narro mis anécdotas.
Y al final, algo tímidos, citémonos.
En cualquier cafetín de corte clásico
volvámonos a ver, sintiendo idéntico
vértigo en el estómago.
Y en ese instante, quiéreme.
Apenas pasen un par de centésimas
sintámos al unísono un relámpago
de éxtasis limpio y cándido,
y en un crescendo cinematográfico
dejémonos de artificios y máscaras.
Rindámonos a la atracción magnética
que gritan nuestros átomo
y sintámonos de placer pletóricos
por sentirla recíproca.
Unidos en un abrazo simétrico
perdámonos por esas calles lógebras
regalándonos en cada parquímetro
con besos mayestáticos
que causen graves choques de automóviles
y estropeen los semáforos.
Y para siempre, quiéreme.
Dejemos que se haga fuerte el vínculo,
unamos nuestro caminar errático,
declarémonos cómplices,
descubramos restaurantes asiáticos,
compartamos películas,
contemplemos bucólicos crepúsculos,
charlemos de poética y política
y celebremos nuestras onomásticas
regalándonos fruslerías simbólicas
en veladas románticas.
Y entre una y otra, quiéreme.
Dejemos de quedar con el grupúsculo
de amigos. Que les follen por la próstata.
Pues si ponemos el asunto en diáfano
solo eran una pandilla de imbéciles.
Cerrémonos, y en un afán orgiástico
con afición sigamos explorándonos,
buscando como ávidos heroinómanos
el subidón de aquel polvo iniciático.
Y aunque no lo logremos. Da igual.
Quiéreme.
Para evitar que nuestra vida íntima
se corrompa con óxido.
Busquemos alternativas lúdicas.
Apuntémonos a clases de kárate
o danzas vernáculas.
Juntémonos en cursos gastronómicos.
Presentémonos
a nuestros mutuos próceres
anteriores del árbol genealógico
y a lo largo del cónclave
sintámonos con ellos algo incómodos,
más felices de haber pasado el trámite.
Y quiéreme después. Sigue queriéndome,
continuando con el proceso lógico.
Juntemos nuestras vidas en un sólido
matrimonio eclesiástico,
casémonos a la manera clásica,
hagamos un bodorrio pantagruélico,
y cuál pájaro de temporada en éxodo
vayámonos de viaje hacia los trópicos
y bailémos el sóngoro cosóngoro
mientras bebemos cócteles exóticos.
Y al regresar, sentemos nuestros cráneos.
Comprémonos un piso. Hipotequémonos.
Llenémoslo con electrodomésticos
y aparatos eléctricos,
y paguemos en precio de las dádivas
regalándole nueve horas periódicas
a trabajos insípidos
que permitan llenar el frigorífico.
Y mientras todo ocurre,
solo quiéreme.
Del fondo de tu útero
saquemos unos cuantos hijos pálidos,
bauticémoslos con nombres de apóstoles,
llenémoslos de amor y contagiémoslos
con nuestra lóbrega tristeza crónica.
Apuntémoslos a clases de música,
de mímica y de álgebra,
y démosles zapatos ortopédicos,
aparatos dentales costosísimos,
fórmulas matemáticas
y complejos edípicos
que llenen el diván de los psicólogos.
Releguemos nuestro ritual erótico
a las noches del sábado.
Cuando ellos salgan vestidos de góticos
a ponerse pletóricos,
ciegos a barbitúricos.
Paguémosles las tasas académicas
a los viajes a Ámsterdam.
Dejemos que presenten a sus cónyuges
y al final, entreguémoslos
para que los devoren las mandíbulas
de este mundo famélico.
Y ya sin ellos, quiéreme.
A lo largo de apuros económicos
y de exámenes médicos,
mientras que nos volvemos antiestéticos
más cínicos, sarcásticos,
nos aplaste el sentido del ridículo
y nos comen los cánceres y úlceras.
Quiéreme aunque nos quedemos sin diálogo
y te pongan histérica mis hábitos.
Enfádate, golpéame, hasta grítame
y como única válvula catártica
desahógate en relaciones adulteras
con amantes más jóvenes
y regresa entre lágrimas y súplicas
perjurándome que aún sigues amándome.
Y yo contestaré tan solo,
quiéreme.
Quiéreme aunque te premie salpicándote
en escándalos cíclicos
y te insulte, y te haga sentir minúscula,
y me pase humillandote,
y me haya vuelto un sátrapa
que roza cada día el coma etílico,
y me haya vuelto politoxicómano,
y me conozcan ya en cada prostíbulo.
Continúa queriendome
mientras pasan espídicas las décadas,
y nos envuelve el tiempo maquiavélico
en un líquido amniótico
que borre el odio que arde en nuestros glóbulos,
y nos arroje al hospital geriátrico
a compartir habitación minúscula,
inválidos, mirándonos
sin más fuerza ni diálogo
que el eco de nuestras vacías cáscaras.
Quiéreme para que pueda decirte
cuando vea la sombra de mi lápida,
y antes de que venga y cierre la mano
de la muerte mis párpados:
"Ojalá,
ojalá como dijo aquél filósofo
el tiempo sea cíclico
y volvamos de nuevo reencarnándonos
en dos vidas idénticas.
Y cuando en el umbral redescubierto
de una noche de miércoles pretérita,
tras chocarme contigo,
gritándote, me digas "uy, perdóname",
le ruego que permita el Dios auténtico
que recuerde en un segundo epifánico
cómo será el futuro de este cántico,
cómo irán nuestras flores corrompiendose,
cómo acabaré odiandote,
cómo destrozare cuanto fue insólito
en este ser,
cómo la vida empírica
nos tornará en autómatas patéticos
hasta llevarnos a la justa antípoda
de nuestro sueño idílico.
Y sabiendo todo esto, anticipándolo,
pueda mirar directo a los ojos
y conociéndolo muy bien, sabiendo
el devenir de futuras esdrújulas,
destrozando de un pisotón mi brújula
te diga solo,
quiéreme.
jueves, 24 de mayo de 2012
Se quedó.
Hace mucho tiempo que no me paso por aquí.
No recuerdo el motivo ni el por qué escribí lo que escribí.
Me decidí a hacerlo, y por vaga lo dejé.
No pensé en continuar esta historia, y simplemente la empecé.
No quería saber cuál es el motivo de por qué apareciste, pero lo descubrí.
No sabía qué fue lo que nos junto, pero el destino no es.
No creo en el destino, en cambio estás aquí.
Simplemente pensaba en besarte, y tú te adelantaste.
Esperaba el momento de verte, y se me pasaba lentamente.
Cuando te veía llegar, me quedaba sin habla por el mero echo de que verte me deja sin aire.
Pensaba en todo lo que pasaría, pero nunca pensé en que esto fuera a ser así.
Creía que no me querías, pero simplemente me hiciste cambiar de opinión.
Justo cuando pensé que te perdía, sonó algo y todo cambió..
Cuando te sentaste después de aquel abrazo, y me perdí.
Buscaste el momento exacto, y lo cambiaste.
No quería saber como todo empezó, pero llego.
Llego, funcionó, y se quedó.
No recuerdo el motivo ni el por qué escribí lo que escribí.
Me decidí a hacerlo, y por vaga lo dejé.
No pensé en continuar esta historia, y simplemente la empecé.
No quería saber cuál es el motivo de por qué apareciste, pero lo descubrí.
No sabía qué fue lo que nos junto, pero el destino no es.
No creo en el destino, en cambio estás aquí.
Simplemente pensaba en besarte, y tú te adelantaste.
Esperaba el momento de verte, y se me pasaba lentamente.
Cuando te veía llegar, me quedaba sin habla por el mero echo de que verte me deja sin aire.
Pensaba en todo lo que pasaría, pero nunca pensé en que esto fuera a ser así.
Creía que no me querías, pero simplemente me hiciste cambiar de opinión.
Justo cuando pensé que te perdía, sonó algo y todo cambió..
Cuando te sentaste después de aquel abrazo, y me perdí.
Buscaste el momento exacto, y lo cambiaste.
No quería saber como todo empezó, pero llego.
Llego, funcionó, y se quedó.
domingo, 26 de febrero de 2012
Hay cosas que no deberíamos olvidar, ni perder, ni hacer desaparecer de nuestra vida.
Hay cosas que no deberíamos olvidar. Como ese peluche que tantas noches ha estado acostado a nuestro lado. O esa foto que nos hicieron de pequeños y que a pesar de lo mal que sales, te saca una sonrisa cada vez que la miras. Igual que aquellos recuerdos con tus amigas en donde acababais llenas de tierra, pues os encantaba hacer castillos de arena. O las pelotas con las que jugabas al fútbol. O esa manta que tiene tantos años, pero que sigue siendo tan calentita como al principio.
Hay cosas que no deberíamos perder. Como ese juguete tan especial que nos regalaron de pequeños, y con las que tantas tardes hemos pasado sin aburrirnos. O como aquella bicicleta color morada que tanto te gustaba, que tantas leches te metiste con ella, pero que te llevaba a todas partes. O aquel disfraz que en su momento nos quedaba algo grande, y ahora nos queda tan pequeño. O aquella "nintendo" que teníamos con el Pokémon, y que tantas horas nos tenía viciados.
Hay cosas que no deberíamos hacer desaparecer de nuestra vida. Como esa amiga que tenemos de siempre, que conociste con 3 años, y que no te has separado de ella nunca, y que ha pasado contigo buenos y malos momentos. O como esas personas que vas conociendo y que sabes que merecen la pena por que te lo demuestran día a día. O esos vicios que tenemos, desde comer pipas hasta mirar la carrera de las gotas de lluvia ventana abajo.
Hay cosas que no deberíamos olvidar, ni perder, ni hacer desaparecer de nuestra vida, pues son cosas que nos definen, que nos van haciendo tal y como somos. Son esas cosas las que nos hacen tener nuestra propia personalidad, nos hacen ver qué persona vale y cuál no. Nos hace tener nuestra forma de vida, nuestra forma de ser. Son cosas que no, nunca tenemos que olvidar, ni perder, ni hacer desaparecer de nuestra vida.
Hay cosas que no deberíamos perder. Como ese juguete tan especial que nos regalaron de pequeños, y con las que tantas tardes hemos pasado sin aburrirnos. O como aquella bicicleta color morada que tanto te gustaba, que tantas leches te metiste con ella, pero que te llevaba a todas partes. O aquel disfraz que en su momento nos quedaba algo grande, y ahora nos queda tan pequeño. O aquella "nintendo" que teníamos con el Pokémon, y que tantas horas nos tenía viciados.
Hay cosas que no deberíamos hacer desaparecer de nuestra vida. Como esa amiga que tenemos de siempre, que conociste con 3 años, y que no te has separado de ella nunca, y que ha pasado contigo buenos y malos momentos. O como esas personas que vas conociendo y que sabes que merecen la pena por que te lo demuestran día a día. O esos vicios que tenemos, desde comer pipas hasta mirar la carrera de las gotas de lluvia ventana abajo.
Hay cosas que no deberíamos olvidar, ni perder, ni hacer desaparecer de nuestra vida, pues son cosas que nos definen, que nos van haciendo tal y como somos. Son esas cosas las que nos hacen tener nuestra propia personalidad, nos hacen ver qué persona vale y cuál no. Nos hace tener nuestra forma de vida, nuestra forma de ser. Son cosas que no, nunca tenemos que olvidar, ni perder, ni hacer desaparecer de nuestra vida.
lunes, 20 de febrero de 2012
No se trata...
No se trata de ser igual o no. De querer más o menos. De cuidar más o menos. Se trata de sentimientos. De emociones. De encuentros llenos de risa y alegría. De momentos en los que por muchos silencio que haya, nadie esté incómodo. Se trata de ver a través de los ojos del otro, de sentir a través de los sentimientos del otro. Se trata de respirar, sentir, de pensar como la otra persona.
Se trata de tener momentos inolvidables en los que las dos personas están a gusto. De ver el mundo de colores, con una sonrisa en la cara causada por alguien especial.
No se trata de ti, o de mí. Es un nosotros. Se trata de nosotros. Un algo que no funciona, pero con otra persona sí.
Por que.. ¿Qué sirve una relación si alguno de los dos está incómodo? ¿De qué sirve una relación si no se siente nada? Puede que cuando todo acabe, algo se empiece a sentir. Pero por otro persona. Eso es así, y todos lo saben.
No se trata de querer más o menos. De regalar más o menos cosas. Se trata de sentimientos. De momentos inolvidables... De miradas que lo dicen todo y palabras que no cuentan nada. O lo cuentan todo. Depende de por dónde lo mires. Depende de cuál sea tu punto de vista. Para ti no significan nada. ¿Para mí? Lo significan todo.
Se trata de no ser igual que el resto, de no darme todo lo que quiero. De pararme los pies cuando se debe. De no darme todos los caprichos, de no mal criarme. No se trata de dar o no dar, si no de saber cuando se debe dar algo.
No se trata de ser igual o no. Ni de querer más o menos. Se trata de sentimientos. De momentos inolvidables...
Se trata de tener momentos inolvidables en los que las dos personas están a gusto. De ver el mundo de colores, con una sonrisa en la cara causada por alguien especial.
No se trata de ti, o de mí. Es un nosotros. Se trata de nosotros. Un algo que no funciona, pero con otra persona sí.
Por que.. ¿Qué sirve una relación si alguno de los dos está incómodo? ¿De qué sirve una relación si no se siente nada? Puede que cuando todo acabe, algo se empiece a sentir. Pero por otro persona. Eso es así, y todos lo saben.
No se trata de querer más o menos. De regalar más o menos cosas. Se trata de sentimientos. De momentos inolvidables... De miradas que lo dicen todo y palabras que no cuentan nada. O lo cuentan todo. Depende de por dónde lo mires. Depende de cuál sea tu punto de vista. Para ti no significan nada. ¿Para mí? Lo significan todo.
Se trata de no ser igual que el resto, de no darme todo lo que quiero. De pararme los pies cuando se debe. De no darme todos los caprichos, de no mal criarme. No se trata de dar o no dar, si no de saber cuando se debe dar algo.
No se trata de ser igual o no. Ni de querer más o menos. Se trata de sentimientos. De momentos inolvidables...
miércoles, 25 de enero de 2012
Un rayo de luz.
Un rayo de luz alumbra mi cama. Un rayo de luna que entra por ella. Un tan fino como sus labios. Tan brillante como sus ojos. Tan especiales como él.
Un rayo de luz se queda en el alféizar, sigue sobre las mantas y se pierde en la pared. Mis ojos recorren si camino una y otra vez. Mis ojos miran el principio, el final y el medio. Busca huellas de aquella noche en la que él estuvo ahí. Un noche. Una noche demasiado breve al comprarlas con las otras.
Fue un beso lo que hizo que aquella noche desapareciera volando, rápida, como el suspiro de una niña enamorada.
Aquel beso se fundió en un abrazo y este de nuevo en un beso.
Una mirada. Una caricia.
La ropa estorbaba.
Las mantas caían.
Las miradas hablaban.
Y los besos volvían...
De repente, mientras mi mente volaba en los recuerdos, una lágrima cae por mi mejilla. Rueda hasta mi barbilla, cayendo sobre mis piernas. Mi habitación está llena de humo de los cigarrillos que se han consumido en mis labios. Necesito un poco de aire. Abro la ventana y poco a poco me sereno. Las lágrimas no brotan más por ahora. El humo se va disolviendo poco a poco. El rayo de luna ya no está. Miro el reloj. Son las 4 de la noche. Mierda. A esta hora él se estaba yendo. Se fue y ya no volvió. Peleas y más peleas. Ha pasado ya un mes y no he vuelto a saber nada de él. Ahora, en la ventana, vuelven a saltarme las lágrimas. Sé que no volverá, sé que lo he perdido. Y no hace falta que me lo diga, no hace falta que lo pregunte.
Lo noto en su mirada. En su sonrisa también. Ya no sonríe cuando me mira. Es más, ya no me mira.
Es difícil ver como la persona que quieres no te hace caso. Es muy complicado pensar en él a sabiendas de que él no está pensando en ti. Es verse en el espejo u, donde antes le veías a él, ahora no ves a nadie. Ahora a tu lado hay ausencia, la desesperanza de tu mirada. Ya no tienes sus camisetas en tu armario. Tus sábanas ya no huelen a él.
El cigarro se consume en tus labios. El humo desaparece, se evapora hacia el cielo. No hace ni frío ni calor. Estás mareada. Te echas en la cama. Duermes, te dejas llevar a los sueños.
Y vuelves a soñar con él...
Un rayo de luz se queda en el alféizar, sigue sobre las mantas y se pierde en la pared. Mis ojos recorren si camino una y otra vez. Mis ojos miran el principio, el final y el medio. Busca huellas de aquella noche en la que él estuvo ahí. Un noche. Una noche demasiado breve al comprarlas con las otras.
Fue un beso lo que hizo que aquella noche desapareciera volando, rápida, como el suspiro de una niña enamorada.
Aquel beso se fundió en un abrazo y este de nuevo en un beso.
Una mirada. Una caricia.
La ropa estorbaba.
Las mantas caían.
Las miradas hablaban.
Y los besos volvían...
De repente, mientras mi mente volaba en los recuerdos, una lágrima cae por mi mejilla. Rueda hasta mi barbilla, cayendo sobre mis piernas. Mi habitación está llena de humo de los cigarrillos que se han consumido en mis labios. Necesito un poco de aire. Abro la ventana y poco a poco me sereno. Las lágrimas no brotan más por ahora. El humo se va disolviendo poco a poco. El rayo de luna ya no está. Miro el reloj. Son las 4 de la noche. Mierda. A esta hora él se estaba yendo. Se fue y ya no volvió. Peleas y más peleas. Ha pasado ya un mes y no he vuelto a saber nada de él. Ahora, en la ventana, vuelven a saltarme las lágrimas. Sé que no volverá, sé que lo he perdido. Y no hace falta que me lo diga, no hace falta que lo pregunte.
Lo noto en su mirada. En su sonrisa también. Ya no sonríe cuando me mira. Es más, ya no me mira.
Es difícil ver como la persona que quieres no te hace caso. Es muy complicado pensar en él a sabiendas de que él no está pensando en ti. Es verse en el espejo u, donde antes le veías a él, ahora no ves a nadie. Ahora a tu lado hay ausencia, la desesperanza de tu mirada. Ya no tienes sus camisetas en tu armario. Tus sábanas ya no huelen a él.
El cigarro se consume en tus labios. El humo desaparece, se evapora hacia el cielo. No hace ni frío ni calor. Estás mareada. Te echas en la cama. Duermes, te dejas llevar a los sueños.
Y vuelves a soñar con él...
martes, 24 de enero de 2012
No pasa el tiempo.
Que me
escuchas, pero no me oyes. Que me miras, pero no me ves. Que me cruzas con la
mirada, y no te das cuenta de que lo noto. Me tocas, pero no me sientes. Me
abrazas pero no me notas. Que me besas, pero no me deseas.
Que
estoy delante de ti, esperando, mirando el reloj cada dos por tres. Buscando el
momento perfecto, buscando estar solos, los dos, bajo un árbol que nos dé algo
de sombra, o simplemente un poco de intimidad. Y espero.
Y no
pasa el tiempo, y no llega ese momento, y no pasan las horas. Ni siquiera los
minutos. Simplemente, el tiempo se ha detenido. El aire ha dejado de soplar, la
gente pasa de nosotros. Nosotros seguimos aquí, haciendo el tonto. Riéndonos,
bebiendo. Olvidándonos de nuestras penas. Perdiéndonos dentro de nosotros
mismo. Sin saber lo que queremos hacer en el fondo. Bueno, sí lo sabemos, pero
no lo hacemos. Qué pena, el tiempo pasa y no te acercas. Me miras de lejos,
sonríes, y vuelves a tu copa. Pasa la noche, poco a poco. Canción tras canción,
baile tras baile.
De
pronto, alguien me coge de la cintura. Me aparta a una esquina vacía, lejos de
la gente conocida. Me miras a los ojos, y me doy cuenta de que si me miras, y
me ves; si me escuchas y me oyes.
Si me
tocas y me sientes.
Si me
abrazas y me notas.
Si me
besas y me deseas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)