lunes, 20 de febrero de 2017

Lluvia.

Te vi entre los escombros de mi cabeza
y concebí el mañana con dos manos de más.

Me encanté
viéndome abrir la cristalera y cerrar los ojos
para escuchar el eco del universo.

Yo soñaba con verme
tú no hiciste más que mirarme;
teníamos entre las manos la firma con saliva en el pecho.
Eché a volar con las plumas que me crecían de la cabeza,
volaste cogiéndome de las manos llenas de aire.

Aguanté el paso rápido del tren
dejando tras de sí una humareda
en la que el polvo se encargaba de cerrarme los pulmones.
Tú me ayudaste a salir a flote,
acampaste entre la rutina y lo instintivo.

Nos llovimos,
sin darnos cuenta nos llovimos
tanto tiempo
que al final
el dolor
acabó
por doler
como si no hubiese una cama libre en la que anidar.

viernes, 7 de octubre de 2016

La fuerza, el respirar, la lágrima.

He recogido los frutos de las enseñanzas de mi madre.
Mi abuela, sentada, me contó que no tenía fuerzas.
Mi abuelo, sin estar, me daba todas las del mundo.

He escupido tras aquellos pasos mal calculados
y me dejaron en fosos llenos de cemento.
Y ahí,
quieta,
pensaba en el aullar de los lobos
en pleno silencio nocturno
con los ojos al cielo
clamaba que me sacarán, 
a rastras
que me sacarán de la caída libre más grande.

Lloré por mí, no por nadie. 
Lloré por las fuerzas que me quitaron
por las espigas que me apresaron la falda
por las lágrimas que me cercaron el paso.

Y respiré,
por la luz que apareció
entre la muchedumbre
abriendo en mi cabeza
las retinas enclaustradas
entre los barrotes
de la niñez.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Entre motas.

Crezco echando de menos las botas de agua
y navegando en el vacío del crecer
sola.
Me veo en el reflejo
del incontrolable paso del tiempo
con más años que ayer,
creciendo a pasos de hormiga
con más sonrisas que antes
y menos miedo al fin
del último bostezo.

No vivo para estar a tiempo,
intuyo cada uno de los pasos que tengo que dar
y todavía estoy
como sin ganas
en la curva que separa
el destino
de la suerte.

Me levanto madrugando entre cada mota de polvo
    -silenciosas notas voladoras-
acurrucada en la manta
y aún me pregunto si seremos
los únicos que

sin tener alas

volamos.

martes, 16 de agosto de 2016

Con las alas rotas.

Tengo las alas cosidas por mis propias manos.

Podéis romperlas,
siempre llevo la aguja en el bolsillo
por si me toca pinchar o coser.
En eso estamos,
o camino acompañada o vuelo sola
incrustándome en los ojos
las motas de polvo que aparecen 
al respirar en lo alto.

Ahora, que me quedan
apenas ganas de coser
lo aprovechaste para arrancarme 
las plumas con las que te acariciaba.
Supiste dónde dolía y cuando,
cómo y por qué hacerlo.
Me dejé, 
como si no tuviese miedo.

Pero lo tenía, 
tanto que ni me daba cuenta,
porque al estar tú aquí,
conmigo,
de la mano 
         -más tarde me di cuenta de que apretabas, mucho. 
         Y dolía-
era echar a volar
sin siquiera haberme cosido las alas. 

lunes, 1 de agosto de 2016

Extremidad.

Llevo los pies sucios de pisar
rastrojos
y quemaduras en los talones. 
Me duelen los pasos por no saber
dónde para el tiempo y respirar,
necesario -tanto- como el alzar la vista. 

El tren pasa rápido y me deja
con las prisas y las maletas
en la última parada
de la sábana blanca.

La pureza,
en mí,
ya no tiene hueco. 

Llevo una hija en las entrañas. 
Un marido en la cabeza de mi madre. 
Y un par de nietos para mi padre. 
Nadie se da cuenta
de que no me veo
ni con los pies en el suelo. 

lunes, 27 de junio de 2016

Crecer y caminar. (Opresores y oprimidos)

Llevo una salida de emergencia
en el costado izquierdo,
por si en algún momento necesitas huir
sin las llaves de casa
y las costillas rotas.

Hay una espiral de sentimientos,
un remolino de ideas
y un terremoto de calmas y tempestades.

No me quedan ilusiones a las que agarrarme
y rehuyo de acabar el camino
sin aprender
a sorprenderme
echando a volar a cada palabra.

No me quedan mares en las pestañas
porque me ahogué en ellos 
cuando apenas contaba con 14 años
y decidí quedarme a vivir en ellos.

Echando de menos vuelvo
al hogar del que me sacaron
y me dejaron a tientas
criándome entre una manada de opresores y oprimidos. 

Se me ató por los pies cuando quise huir, 
se me enseñó a callar y obedecer.

Por eso no creo en las normas.

Porque nos cambian
las agallas
por miedo
y el amor
por odio.


Aún así, salí a flote cuando apenas contaba 18.
Me llevé a la mochila los libros y las palabras.
Los escenarios me los comí a base de pisarlos
y yo, cantándole a la vida
y dándole las gracias,

sonrío,
porque sigo viva
en medio del tedioso 
y humillado
camino.

sábado, 18 de junio de 2016

Pensamientos I

Crecimos pasando la vida en bordes de precipicios. Eso nos enseñó a no tener miedo, nunca. A seguir cada día adelante. Nos jugábamos la vida sobre una cuerda, cayendo casi al vacío.
Hacia arriba.
Sonreímos. Porque no tenemos ganas de seguir cabizbajos caminando sin caminar. 
Nos seguimos -unos a otros- como pequeños gorriones en busca de un trozo de pan. A pesar de todo, siguen apareciendo truenos en nuestras cabezas y golpean tan fuerte que somos sordos de nacimiento.
No escuchamos, porque nos enseñaron a tener los oídos taponados. Nos obligaron a ver la mitad de lo que deberíamos
y crecemos sin tener ni idea.

Subimos escalones agarrados a una cuerda por si acaso caemos escalera abajo.
Y nos inyectaron el "por si acaso" como si de una vacuna se tratase. Durante años, hasta ser el conejo de indias de otros.
Nunca nos seguimos, caminamos en soledad y nos quejamos de la no compañía. 

Necesitamos escapar cada vez que cae una piedra.
Huir porque así nos han enseñado.
Y callar porque está mal gritar.

Resucitamos de entre los resultados más criminales, 
nos cortamos el cuello entre nosotros
y caminando sin cabeza tuvimos los pies metidos en el escombro.